El Vaticano, a 15 de marzo de 2024.- He aquí la esperada autobiografía del Papa. Titulada “Vida. Mi historia en la Historia’, que será publicada en América y Europa por HarperCollins. El Papa Francisco la ha escrito con Fabio Marchese Ragona, vaticanista de Mediaset y su amigo personal. Es el relato de 85 años de la vida de Jorge Mario Bergoglio, entrelazados con los grandes acontecimientos de la historia, desde Hiroshima hasta la pandemia. El Corriere della Sera es el primer diario del mundo que anticipa los pasajes más destacados.
“Nonna Rosa, mi abuela paterna, fue una figura fundamental en mi educación. Los abuelos hablaban piamontés; por eso el piamontés fue mi primera lengua materna”. El abuelo Giovanni había servido en la Primera Guerra Mundial. En las cartas de los parientes que se habían quedado en Portacomaro, en la región de Asti, llegaban a la casa de los Bergoglio en Buenos Aires las crónicas de la Segunda Guerra Mundial: los hombres no habían ido al frente, se habían quedado en el campo a trabajar, y las mujeres vigilaban la llegada de las inspecciones militares: “Si hubieran llevado algo rojo, los hombres habrían tenido que huir para esconderse. En cambio, la ropa blanca indicaba que no había patrullas y que podían seguir trabajando”.
EL NAUFRAGIO
La abuela Rosa y el abuelo Giovanni, con su hijo Mario -el padre del Papa-, debían partir hacia Argentina en octubre de 1927, desde el puerto de Génova, en el barco Principessa Mafalda. Pero el abuelo no pudo conseguir a tiempo el dinero para los billetes y tuvo que aplazar el viaje. El Principessa Mafalda se hundió frente a las costas de Brasil: 300 emigrantes se ahogaron. Los Bergoglio partieron entonces en febrero de 1929, con el Giulio Cesare. “Al cabo de dos semanas llegaron a Argentina y fueron acogidos en el Hotel de Inmigrantes, un centro de acogida para emigrantes no muy diferente de los que conocemos hoy en día”.
HIROSHIMA Y NAGASAKI
“La gente en el bar o en el oratorio de los Salesianos decía que los americanos -los llamaban los gringos- habían lanzado esos artefactos mortíferos… El uso de la energía atómica con fines bélicos es un crimen contra el hombre, contra su dignidad y contra cualquier posibilidad de futuro en nuestra casa común. ¡Es algo inmoral! ¿Cómo podemos erigirnos en paladines de la paz y de la justicia si mientras tanto construimos nuevas armas de guerra?”. Y luego Bergoglio revela, devolviendo el fuego a la Curia: “Una vez adulto, como jesuita, me hubiera gustado ser misionero en Japón, pero no me dieron permiso para ir a causa de mi salud, un poco precaria en ese momento. Quién sabe. Si me hubieran enviado a esa tierra de misión, mi vida habría tomado otro rumbo”.
LA PROFESORA COMUNISTA
Muy importante para la formación del alumno Bergoglio fue Esther, “una mujer formidable, le debo tanto. Era una comunista de las de verdad, atea pero respetuosa: aunque tenía sus propias ideas, nunca atacó la fe. Y me enseñó mucho de política: me daba a leer publicaciones, entre ellas la del Partido Comunista, Nuestra Palabra… Alguien, después de mi elección como Papa, dijo que yo hablaba a menudo de los pobres porque también sería comunista o marxista. Incluso un cardenal amigo me contó que una señora, buena católica, le dijo que estaba convencida de que el Papa Francisco era el antipapa. ¿La razón? ¡Porque no llevaba zapatos rojos! Pero hablar de los pobres no significa automáticamente ser comunista: ¡los pobres son la bandera del Evangelio y están en el corazón de Jesús!… En las comunidades cristianas la gente compartía la propiedad: ¡esto no es comunismo, es puro cristianismo!”.
dediqué en cuerpo y alma a mi vocación.
EL GOLPE EN ARGENTINA
Bergoglio escondió y protegió a tres seminaristas vinculados a monseñor Angelelli, posteriormente asesinado por la dictadura. “Esos tres seminaristas me ayudaron a acoger a otros jóvenes en situación de riesgo como ellos, al menos veinte en dos años. Los servicios secretos, creo, me vigilaban, así que conseguí despistarlos de alguna manera cuando hablaba por teléfono o cuando escribía cartas… Me presentaron el caso de un chico que necesitaba escapar de Argentina: me di cuenta de que se parecía a mí y entonces conseguí que escapara vestido de cura y con mi carné de identidad. Aquella vez arriesgué mucho: si lo hubieran descubierto, sin duda lo habrían matado, y entonces habrían venido a buscarme”. En cuanto a los dos jesuitas expulsados de la Compañía y secuestrados por el régimen, el padre Yorio y el padre Jalics, Bergoglio cuenta que luchó por su liberación: dos veces fue a ver al almirante Massera; consiguió hablar con Videla, convenciendo a su capellán de que se declarara enfermo y celebrando misa en su lugar. Finalmente, los dos son liberados y Bergoglio organiza su huida de Argentina. También intenta ayudar a Esther, su profesora comunista, escondiéndole sus libros, pero no puede salvarla. Esther es secuestrada, torturada y arrojada desde un avión. “Fue un genocidio generacional”, escribe el Papa, que añade: “Las acusaciones contra mí continuaron hasta hace poco. Fue la venganza de algunos izquierdistas que sabían cuánto me opuse a aquellas atrocidades… El 8 de noviembre de 2010, también fui interrogado como persona informada de los hechos para el juicio sobre los crímenes cometidos durante el régimen. El interrogatorio duró cuatro horas y diez minutos: un bombardeo de preguntas… Después, algunas personas me confiaron que el gobierno argentino de entonces había intentado por todos los medios ponerme la soga al cuello, pero que al final no encontraron pruebas porque yo estaba limpio. La jefa del gobierno de entonces era Cristina Kirchner: de ahí también la frialdad en sus relaciones. Ahora el nuevo presidente Javier Milei le ha invitado a Argentina, pero Bergoglio explica que aún no ha decidido el viaje.
POR QUÉ NO VE LA TELEVISIÓN
En el libro, el Papa habla de Maradona, Messi y su pasión por el fútbol, pero explica por qué no ve los partidos de Argentina por televisión. “Era el 15 de julio de 1990. Mientras con los hermanos veíamos la televisión en la sala de recreo, se emitieron algunas escenas no muy delicadas, por decirlo suavemente, algo que ciertamente no era bueno para el corazón. Nada arriesgado, por Dios, pero una vez de vuelta en la sala me dije: “Un sacerdote no puede ver estas cosas”. Y así, al día siguiente, en la misa de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, hice voto de no volver a ver la televisión”.
EN EL EXILIO COMO CASTIGO
Siendo un joven líder jesuita en Argentina, Bergoglio cayó en desgracia y fue enviado a Córdoba, al exilio como castigo. Se levanta a las cuatro y media, reza, comparte baño, una pequeña celda, la número 5. Cuida de sus hermanos enfermos, los lava, duerme a su lado, ayuda con la colada: “Ponerse al servicio de los más frágiles, de los más pobres, de los últimos, es lo que todo hombre de Dios, sobre todo si está en la cúspide de la Iglesia, debe hacer: ser pastor con olor a oveja”. Un día se ofrece a cocinar para la boda de la sobrina de Ricardo, el manitas del convento: hierve carne en dos grandes ollas, pela patatas, prepara un timbal de arroz. Algunos jesuitas murmuran: “Bergoglio está loco”. En realidad, Bergoglio reflexiona sobre los errores “que cometí por mi actitud autoritaria, tanto que me acusaron de ultraconservador. Fue un período de purificación. Estaba muy encerrado en mí mismo, un poco deprimido”.
(Con información de El Mundo)